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17 de Mayo, 2008 2:32 PM / Opina
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    Soda Stereo toca para una ciudad sin furia

    “Hola, chilangos”, dijo Gustavo Cerati, visiblemente emocionado, al presentar una de las canciones con que Soda Stereo abrió su concierto de anoche, en el Foro Sol de la Ciudad de México, ante unas 50 mil personas.

    “Juegos de seducción”, “Tele-k” e “Imágenes retro”, como en sus conciertos anteriores y sin sorpresas, incitaron a unos pocos, los de ubicación más aventajada, a saltar y palmear rítmicamente. El resto parecía entumido por el frío y por la ignorancia absoluta de lo que ocurría en el escenario.

    Porque si bien es cierto que Soda Stereo configuró un set list de gran calidad, con múltiples clásicos y canciones de culto, para fans, la verdad es que los fans se quedaron afuera, en algún otro sitio de la ciudad, quizá lamentando no poseer una tarjeta de crédito de las que otorgan exclusividad para ver conciertos.

    O quizá fue la espera la que congeló el corazón de los mexicanos anoche, cuando Soda Stereo ofreció un show casi impecable que, sin embargo, no fue suficiente para sacudir al grueso de la concurrencia.

    Fue una espera de 10 años y 45 minutos, éstos últimos, los más largos, en un foro inmenso, anacrónicamente inmenso, cubierto por un viento frío y conspirador, bajo un manto celeste orgulloso que poco a poco fue cediendo al embate de las nubes.

    El primer momento enorme de la noche vino precedido por el anuncio de que “esta es otra ‘Ciudad de la Furia’, tras lo cual comenzaron a sonar las notas distintivas de dicha canción, puntillosamente articuladas por la guitarra de Cerati.

    Pero la furia se quedó en otra parte. Ni siquiera la estrofa modificada con que el vocalista de Soda pretendió ganarse al público sirvió para despertar una ovación de ésas colosales que han hecho famosos a los mexicanos.

    “México se ve tan susceptible…” cantó Gustavo Adrián, emocionando a muchos, pero sin llegar jamás a los niveles de éxtasis casi religioso que consiguió, por ejemplo, Roger Waters, en el mismo foro, unos meses antes.

    Luego vino una horrible “Pic nic en el 4° B”, seguida de “Zoom”, brillantemente ligada con “Cuando pase el temblor”. Pero el temblor no pasó, al menos no el provocado por el frío, que para esas alturas ya era crudo. La audiencia no mostró el estallido de júbilo que se hubiera esperado ante tal secuencia de clásicos, pero el humor general mejoró y fue colocando al recital en una posición más alta, más emotiva.

    “Final caja negra” sonó impecablemente, modernizada, eléctrica, vibrante. Luego Cerati hizo una nueva pausa (hubo muchas, quizá demasiadas a lo largo del concierto) para anunciar que revisitarían su primer álbum: “Trátame suavemente” trajo la melcocha al Foro Sol, tan agrio y frío.

    Excelente presentación para un gran clásico, interpretado en una versión mixta: apertura clásica, arreglos nuevos. Así llegó “Signos”, que sonó exquisitamente. “Si estás oculta… ¿cómo sabré quién eres?”, cantó Cerati, pero en la tribuna lateral izquierda, al menos, la gente bostezaba, buscando dentro de sí un poco del entusiasmo que de ella se esperaba en un concierto tan especial, aplaudiendo y gritando esporádicamente, cantando las pocas canciones que se sabía y celebrando cada intervención de Cerati, pero con pocos bríos.

    “Sobredosis de TV”, “Danza rota” y “Persiana americana” lograron, al fin, poner a saltar y a cantar a la mayoría de los asistentes. Cerati, Bosio y Alberti se veían felices, bailaban, se miraban, incitaban al público, se morían en el escenario.

    Pero el momento más hermoso del concierto vino con un mágico tren del Dynamo, el disco más desconocido y perfecto de la banda.

    Cerati pidió luces y miles de ellas convirtieron el fío foro en un enjambre de estrellas de hielo. No fueron los encendedores que hace diez años emocionaron a los Soda, en el Palacio de los Deportes, con su cálida, melancólica luz de fuego, sino los teléfonos celulares y su azulado brillo.

    Así comenzó “Fue”, una pieza exquisita, magistralmente interpretada por un grupo compacto que no parece haber dejado de tocar 10 años.

    “Me embriagué hasta el vacío/con tu miel venenosa/Fuiste mía/Y el hastío/Nos llevó al desengaño/Y eso pasó…”

    Si el Foro Sol hubiera estado repleto de fans, habría sido una locura, pero no fue el caso. Así que poco a poco los celulares fueron callando y el público se sumió en un silencio expectante, respetuoso, que dio paso a la incertidumbre cuando los inconfundibles primeros laces de “En remolinos” sonaron.

    “Gira el sol/Gira el mundo/Gira Dios…”, y Cerati suelta su cuerpo en remolinos y todo es resplandor y todo es energía misteriosa, y el foro es una flor de tiempo, deshojada por los dedos del frío.

    Luego, “Primavera 0”. Tal cual. La noche de ayer fue de invierno, de recuerdos no muy lejanos y quizá por eso no muy anhelados.

    Luego de esa prodigiosa lección de rock atmosférico e introspectivo, la banda recurrió a otro de sus discos perfectos, Canción animal, del que interpretaron cuatro canciones consecutivas.

    “Fuimos a Real de Catorce y miren lo que nos pasó”, dijo más o menos Cerati antes de interpretar “Sueles dejarme solo” y de volverse loco: un solo de guitarra más parecido a un bombardeo terminó con el instrumento en el piso, pateado, pisado por el músico. El escenario quedó en silencio hasta que un asistente le dio otra guitarra a Gustavo Cerati, que así pudo terminar su canción: “Nena, nunca voy a ser un súper hombre…”.

    “En el séptimo día” y “Un millón de años luz” anticipaban el cuarto vagón de ese tren noventero y electrizante, y los famosísimos acordes de “De música ligera” no tardaron en irrumpir, para enloquecer, ahora sí, a las decenas de miles de asistentes al Foro Sol.

    Aquéllos que platicaron durante todo el concierto se callaron. Los que estaban sentados comenzaron a saltar y los que una y otra vez intentaron reconocer alguna canción, esta vez se desgañitaron. Una canción perfecta para tarjeta habientes. Luego el silencio.

    Primer encore: “Disco eterno”, hermosa, “Cae el sol”, regular, como siempre, “Prófugos”, muy correcta.

    Segundo encore, casi sin insistencia del público, casi sin entusiasmo: “Zona de promesas”, maravillosa, “Nada personal”, coreada por la villamelonería y “Te hacen falta vitaminas”, absolutamente anticlimática. El peor cierre de un concierto en años.

    El sueño estéreo terminó con un caos logístico, como siempre. Porque en esta ciudad no se puede acudir a ningún evento masivo sin encontrarse en medio de una pesadilla: difícil acceso, difícil salida, autos donde debiera haber peatones, peatones invadiendo el camino de los autos, comercio informal repeliendo agresivamente a los marchantes, policías invisibles extorsionando… ¿Otra ‘Ciudad de la Furia’? Bueno fuera.

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