Moby le rinde homenaje a su pasado musical en su primer disco en tres años. Un resumen del dance neoyorquino en una hora de música.
Dicen que hay un "rock confesional". Elvis Costello le echaba la culpa al maravilloso Plastic Ono Band de John Lennon (1969), puro grito primal y exorcismo personal. Los 70 y sus principales cantautores fueron "confesionales". Incluso Costello, el acusador, lo fue. Y Moby, en una grabación inédita que registra el casete que ahora desgrabo, lo es durante tres segundos. O lo que dura que te mire buscando aprobación y te diga: "Este café está horrible". Eso.
El lugar donde el café es horrible es el hotel que el hombre que hace el tecno que le gusta a la gente que no le gusta el tecno eligió para dar entrevistas. Se llama The Time, queda cerca de Times Square y el dueño del lounge, el hombre que prepara un café al que Moby califica de horrible, lo tiene decorado con cuadros que congelan la etapa glam de Iggy-Bowie-Lou Reed. Moby lleva campera, remera de color ratón, barba de tres días y un agujero ahí donde va uno de sus incisivos frontales superiores. Algo que se nota cuando se ríe. Y Moby se rie seguido, pero la suya es una sonrisa nerviosa, de esas que buscan complicidad y que bajan la guardia apenas no encuentra el gesto recíproco en el otro. Es que alguna que otra pregunta le generan responder con verdades que se le hacen incómodas. "¿Que si leí Moby Dick? Bueno...lo largué en la mitad. Dos veces. Se me hacía pesado enterarme de ese minuciosa descripción de la vida de los hombres de mar del siglo diecinueve. Eso me detuvo", dice el tataratatara sobrino del hombre que escribió lo que todavía se conoce como "la gran novela americana".
Podría decirse que en Moby, el de las raíces es un tema que complica y redime. Nueva York, por empezar, es su tierra prometida. Allí nació y vive, luego de experimentar otros destinos. Pero la naturaleza de su música difícilmente le permitan ser catalogado como un "músico neoyorkino". El mismo se fabricó esa imagen de gurú electro-vegano-espiritual sobre la que Eminem y Marilyn Manson hicieron chistes y comentarios. "Quisieron ser ofensivos, pero conmigo no lo lograron. Su trabajo es escandalizar y fui uno más en la volteada. Quiero decir: están en su derecho, de la misma manera que mi derecho es ignorarlos y no sentirme dañado por su punto de vista", concluye al lado de un café que, adrede, se enfría.
La música de raíces, como los blues que el musicólogo Alan Lomax se encargara de registrar, fueron el alma de Play (1999), el disco con el que Moby dejó "de viajar en clase turista para hacerlo en primera", tal como se apura en aclarar, en un tono que se parece más a la picardía que al cinismo. También fue el disco que produjo una revolución a partir de licenciar al menos nueve canciones para nueve distinas campañas de otras tantas marcas. "Fue muy extraño, porque apenas salió, Play tuvo críticas muy terribles y vendía muy poco. Y de repente empezó a sonar como cortina en los lugares más extraños: funerales, triunfos deportivos, casamientos, noticieros. Y luego las marcas. Y el dinero, no lo niego".
Hoy son sus propias raíces, las que se forjó como adolescente yendo a bailar a boliches locales como Fun House, Paradise Garage y Danceteria. "Imaginate que sos un joven tímido e impresionable, con tus propios gustos y prejuicios, y de repente estás en lugares que tenían una pista de hip-hop, otra de música disco, otra de dancehall y otra de punk rock. Eso me abrió la cabeza en una perspectiva de 360 grados".
-En aquel momento vos también eras un militante y músico punk. ¿Nunca usaste el pin aquel que decía "Disco sucks" (Disco apesta)?
-Aquella frase era más bien algo que promovía la prensa de entonces y que escondía una fachada homófoba y racista, ya que la música disco tenía entre sus protagonistas y seguidores gente de la comunidad gay, así como negros e hispanos. Yo no lo usaba, claro.
-¿Se puede decir que "Last Night" es un disco conceptual? ¿La dirección se la diste vos de entrada o las canciones te llevaron al concepto?
-Aunque siempre luché contra eso, me salió un disco conceptual. La idea de recrear una salida nocturna en un sábado a la noche en esta ciudad, con un ciclo de canciones que refleje ese devenir, incluyendo la expectativa, la euforia y la sensación placentera de ser el primero en ver el amanecer de un domingo a la mañana.
-¿Eso refleja tu vida actual o la que tenías hace veinte años?
-Digamos que me sigue reflejando. Quizás no invierta la misma energía, pero te aseguro que mis salidas se parecen más a eso que a quedarme bebiendo con mis amigos, contando viejas anécdotas.
-El tema "I Love To Move in Here" es un homenaje al hip hop. ¿Qué te moviliza del género?
-Principalmente es reivindicar a Grandmaster Caz, que es el autor de casi toda la letra de Rapper's Delight, el himno inicial del movimiento. A él nunca se le dio el crédito por lo que hizo, y es por eso que lo quise sumar al tema.
-Tu disco anterior fue un "grandes éxitos". Y ahora salís con un disco que musicalmente es un resumen de la historia moderna del dance. ¿No es mucha reflexión sobre el pasado?
-No es algo que se me pase por alto. Pero decidí ir en busca de una excitación muy especial. Por supuesto que un tema como Everyday It's 1989 es evocativo, pero lo es en el sentido en que quiero recuperar mi excitación de aquella escena rave y siempre quise recuperar ese espíritu de manos arriba y pianos sonando como epifanías. Es algo emocional.
-Se sabe que pagaste 270 mil dólares para viajar al espacio en el 2010. ¿Qué esperás encontrar?
-Una buena vista de mi hogar y montón de música desconocida, lista para ser escuchada
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