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15 de Mayo, 2008 9:58 PM / Opina
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    Cosquien Rock: Dias 1, 2 y 3

    La primera jornada fue bien de Woodstock: piso húmedo, resbalones y rock del bueno. Brilló Café Tacvba, hubo una avanzada hip hop y los heavies disfrutaron en rancho aparte. Más de 20 mil personas.

    Un chaparrón puede representar miles de dificultades al pie de la montaña. Pero si se desata en la apertura de un festival de rock, que se empeña en convertirse en el correlato criollo de Woodstock, se vuelve casi una bendición.

    Quedó demostrado ayer en la jornada de apertura de Cosquín Rock, cuando en el tramo final del show de Todos Tus Muertos, alrededor de las cinco de la tarde y en el escenario principal, el aguacero empapó a un quórum aceptable y generó las condiciones para chapotear de felicidad.

    Claro que el momento musical resultó de lo más oportuno: TTM tocando el oscuro Torquemada, luego de la siguiente alocución del guitarrista Horacio "Gammexane" Villafañe: "Para la Iglesia Católica, cómplice de Hitler, Pinochet, Massera y Videla". Rebelión a pleno, charcos para pogo de patinadores y las cabezas que no nos pertenecen. ¿Acaso no es eso el rock? Eso y más, según el testamento de TTM, que en el tema Mate advierte: "Yo no soy oveja de ningún rebaño". Una buena consigna en el marco de un evento que, en ocasiones, se tutea con el mero entretenimiento.

    A todo esto, una corrida hacia el backstage permitió encontrar al organizador José Palazzo, que vestido como comandante previsor (botas de goma altísimas, impermeable con capucha color caqui) y sonriente dijo: "This is Woodstock Time". El nivel del agua crecía, todo se volvía un incordio pero el tipo era feliz. Como si hubiera soñado con el chaparrón. Más tarde, los heavies demostraron sentir algo similar frente al escenario temático: al barro disponible, se lo pasaban por el cuerpo, como los turistas lo hacen en el Mar Muerto o Trent Reznor, de Nine Inch Nails, lo hizo en el Woodstock ’94.

    Cambio climático. "Barro tal vez", fantaseamos con titular la edición del viernes, dado el pronóstico extendido. Y fue barro nomás, pese a que a la altura de Los Cafres, el clima se puso tropical: caluroso y húmedo. Fue entonces que el festival entró a funcionar, pero a medias. Es que el anhelo de los tres escenarios en simultáneo tuvo que diferirse porque el "Nitro" sí sufrió desajustes por el agua acumulada, y parte de su grilla debió reprogramarse.

    Por el principal ya había desfilado Carajo con una performance más pesada y volada que de costumbre, acaso alentada por el hecho de compartir tablas con los legendarios Suicidal Tendencies, cuyo show estaba previsto para las primeras horas de hoy. El trío de Marcelo Corvalán siguió con consignas tipo Woodstock: instó a "dejar de buscar enemigos en todos lados" y a "sacarse la mierda" en un set que contempló a temas como El error e Ironía. Los Cafres se congraciaron con el sol yendo a los bifes, tocando sus hits irresistibles (Pobre angelito, Aire, el nuevo Bastará) y una de sus piezas controversiales: Dejá de señalar, dedicada a quienes les exigen credibilidad y consistencia rastafari (¿Nonpalidece?).

    Delicadeza. Café Tacvba fue la delicadeza de la diversa programación de la apertura. Al cuarteto mejicano le bastaba con tocar Ingrata y otras piezas de aire regional, pero fue más allá y entregó esa bella suite conocida como Volver a comenzar, de su reciente disco Sino. Hay que explayar una sinuosa y bella pieza pop en un tablado donde a menudo se apela a la acción–reacción. Otras "rolas" de los chilangos: la apertura con No controles y el cierre con Dejate caer, con coreografía del personal incluida. Lo dicho, una delicadeza.

    Los Árbol retomaron la estrategia de vincular este evento con Cosquín Folklore. Salieron a escena emponchados a lo criollo y cobijados por su inductivo cambalache, que puede tener cumbia (Chica anoréxica), hardcore (Cosa acuosa) y sanatas infantiloides (Osvaldo, Vomitando flores). Eso sí, evitaron un cierre de cuarteto vocal al que ya nos habían acostumbrado. Recién a esta altura de los acontecimientos Cosquín Rock se aceitó del todo. Y encima cayó Catupecu Machu, con un Fernando Ruiz Díaz aplomado que gritó con fuerza el verbo "resetear" (en el tema Letras de batalla) y apeló junto a sus músicos a una rara intensidad (rock marcial con acústica) para conjurar el dolor de "Fico" (guitarrista de Massacre recientemente víctima de un accidente automovilístico) y el suyo propio. Luego dejó la siguiente certeza: "La música salva", e invitó a Cristian Aldana (El Otro Yo) para el cierre Dale, en el que obligó a un pogo con el grito de "Hasta la montaña siempre".

    Al filo de la medianoche, los uruguayos de La Vela Puerca ratificaron su arrastre con un show en el que, entre otros temas, tuvo a De atar, El señor, Por dentro, Mi semilla y El viejo.


    Fiesta, baile y potencia
    (Juliana Rodríguez)

    En un día en general puntual, el único escenario que sufrió demoras fue el Nitro. La lluvia complicó las cosas y todo empezó recién a las 20.20, con Ozomatli. La banda de Los Ángeles tuvo fans propios bien adelante, y una buena cantidad de curiosos que se tomaron una hora para conocerlos. Con una buena delantera de vientos, toques de hip hop, ska, rock y, como dictan los genes latinos, todo bien mezclado, la banda le puso un toque distinto al sonido hasta entonces dominado por el heavy vecino. Inglés, español, todo se entiende si tiene onda, Ozomatli puso a arengar contra Bush a la gente, mientras la movía a puro pasito cumbiero.

    Las demoras obligaron a que las bandas locales (París París, Hyperstatic y Locotes) se reprogramaran para después de las 23. Dante arrancó antes con un show plenamente hiphopero, con bailarinas–coreutas y todo. Empezó con La Guerra del Audio y siguieron los temas del disco nuevo, El Apagón. Rimas enérgicas, dignas de un militante del suburbio más hiphopero inauguraron el horario nocturno. Dante se creyó su personaje raper, por suerte, porque fue indispensable para que el show tuviera el picante necesario. Siguieron Ponémela en la cara mami y El Apagón, con sus coristas calavera. De yapa, un viaje en el tiempo al ’94 con Abarajame, de los Illya Kukiaky, que el público nostálgico agradeció. Para cerrrar, Kinky llegó con demoras por problemas técnicos. Pero confirmaron que el Nitro fue ayer el escenario más interesante.



    Alta fidelidad
    (Nicolás Marchetti)

    A minutos de las 23, Horcas preparaba su set para luego dejarle su lugar a Ricardo Iorio y su Almafuerte, nave insignia del género que copó el escenario temático de la jornada de ayer. El tridente final empezó con el show de O´Connor, "la voz" del metal argento, que con su grupo dejó en claro que el heavy puede ser consistente, potente y agresivo (en el buen sentido del término) pero con la prolijidad de un artesano.

    El heavy metal criollo demostró ayer que goza de buena salud en materia de convocatoria. Todo largó a las 17.30 con Japo, un grupo proveniente de Posadas (Misiones). Si bien el gran diluvio se había disipado, por entonces no se contaban más de cien personas en los alrededores.

    Y, cuando el sol por fin volvió a brillar, todo se oscureció para que suene el trash de Mastifal, luego de que la producción se subiera al techo del escenario para sacar el agua acumulada durante el aguacero. Palos secadores, y a la bolsa. Lluvia artificial con sol. ¿Qué tal? Ya había mil melenas (de las largas) al viento y los cuernitos al aire por fin taparon los acordes de Los Cafres, que hacían lo suyo en el escenario principal. Acá todo era heavy pasado por barro, un sueño hecho realidad en la montaña de San Roque. Incluso, los que llegaban tarde no querían ser menos y se camuflaban con el barro acumulado en el suelo. No querían ser menos que los que, en una actitud heroica, toleraron el diluvio de la siesta.

    Después llegó Roko, con un Marcelo Nievas (cantante) dispuesto a hacer valer su condición de ser "la voz de los sin voz".

    "Hola carajoooo" (tiró), y la tribu lo acompañó desde abajo. Con su actitud alternativa y su sonido hardcore sonaron un poco extraños en un escenario tan heavy, pero fueron una buena apuesta de la producción. Igualmente, se notó la ausencia de un segundo violero que matice y sume fuerza detrás de los contrapuntos vocales. Con Tren Loco volvió el clasicismo a escena: doble chancha, camperas de cuero, algunos mensajes peligrosos ("muerte a los conchetos y a la cumbia") y climas oscuros, como en Endemoniado, donde subió Horacio Jiménez para sumarse en la voz.

    Una bandera colgada de un árbol con la consigna "Almafuerte y Perón" dejaba en claro que la mayoría esperaba al cimarrón heavy. Después de la tormenta, se venía Almafuerte.

    Cosquín Rock, día 2: Lluvia de héroes

    La torrencial lluvia de la medianoche no pudo con tanto rock: Ratones Paranoicos, Las Pelotas, Intoxicados y Los Gardelitos resistieron una noche de tormenta.

    Eran las 23.20 cuando las 25 mil personas que se encontraban en el predio de la comuna San Roque empezaron a corear la línea de bajo de Reggae para Mirtha, de Intoxicados. Pity Álvarez y los suyos llegaron después de Las Pelotas, cuyo set se vio amenazado por una tormenta, que finalmente devino en lluvia torrencial a la medianoche.

    Lo de Pity pintaba para memorable. Estaba enchufado y sacándole el jugo a una excelente banda con dos bateristas, un percusionista (Bam Bam Miranda) y cuatro hombres en los bronces. Intoxicados siguió con Pila pila (esa extraña ranchera que es el adelanto del nuevo disco), De la guitarra, Se fue al cielo y Lo artesanal, más un anticipo del nuevo disco, un rocanrol al mejor estilo Viejas Locas.

    La tormenta fue intensa pero no se adueñó de la fiesta: hacia las 0.30 la lluvia había convertido las calles aledañas al predio en auténticos ríos de barro, y mientras el público protagonizaba un éxodo masivo en busca de algún refugio contra el agua tanto Intoxicados, en el escenario principal, como Dos Minutos, en el temático, siguieron tocando.

    Comienzo cordobés. Pero todo comenzó a las 17 con Electrosaurio, los cordobeses que juegan con guitarras prepotentes y destellos electrónicos de la mano del ex Los Navarros Julio Anastasía. Los “saurios” (su show incluyó un toppless de una groupie cordobesa –que las hay, las hay–) inauguraron la jornada de un festival que se mostró en la mejor de sus formas en materia organizativa.

    El ritual del rock en la montaña siguió con Ojos Locos, quienes demostraron que el concepto barrial sigue en pie más allá de los días complicados que viven Callejeros y Jóvenes Pordioseros, dos banderas que supieron volar alto pero que hoy derivan a media asta.

    Pero fue El Bordo la banda que levantó el primer gran agite de la tarde. Su cantante Ale Kurz dijo sentirse contento con eso de ser parte de el “Woodstock argentino”, una idea que suena romántica para lo que uno y otro festival representan en materia artística, pero que hablando de misticismo, parece resistir la exageración.

    El Bordo mejoró la imagen del año anterior y dejó sentada esa posición de estar “en la vereda de enfrente” del rock barrial, con condimentos grunge y sales líricas en contra del “reviente” suburbano y a favor del reparo que brindan lugares cósmicos, como Yacanto de Calamuchita.

    Sigue girando. A las 19, Herederos representaba de la mejor manera al punk rock cordobés en el escenario temático y Pier subía al principal. Lo de los hermanos Cerezo fue lo de siempre: una guitarra con intenciones épicas a todo volumen y la palabra “nena” cada tanto.

    Sin embargo, los Cerezo son los dueños de Sacrificio y rock and roll, que ayer fue el primer himno de difusión masiva que sobrevoló el predio.

    Minutos más tarde, la grilla empezaba a tener consistencia artística. Con la amenaza latente de tormenta, Los Ratones Paranoicos subieron por “su pedazo” sin que a Juanse y a los suyos les importen cuestiones climáticas. El queso que buscaron fue un público carente de satisfacción y cautivo por las sensaciones que generan sus versiones de Estrella, Ya morí, Sigue girando o Cowboy, sólo por citar a algunos de los mejores hits de un grupo fundamental y que, para bienes, recuperó a su primer bajista (Pablo Memi). Juanse dijo sentirse “poco telefónico” pero igual invitó a Alejandro Sokol a cantar El rock del gato. Una rareza bienvenida en tiempos en que esos gestos no abundan.

    Al término de su set, el “vamo, vamo, vamo, Las Pelooooo” empezó a bajar desde la montaña y los fieles peloteros se hicieron del pogódromo de allá abajo.

    Las pelotas dividió su show en dos partes: la primera netamente dedicada a Basta, su último disco, donde Alejandro Sokol apenas mete algunos bocadillos; y la segunda, donde repasaron los temas que todos quieren escuchar (Bombachitas rosas, Shine). Hubo referencia a Julio López en Desaparecido y a “Largo” Juárez en Sin hilo.

    Cuando Sokol metió la cuchara Las Pelotas levantó vuelo con su intensidad interpretativa, pero también paró el concierto cuando un grupo de revoltosos insinuó una pelea en la arena. Mientras algunos integrantes de Los Piojos disfrutaban del show de Las Pelotas desde el Vip, la tormenta ya se hacía inminente.

    Luego, Intoxicados, la lluvia, y, cerca de la 1 y ante un público reducido por el agua, Los Gardelitos cerraban la segunda velada del escenario principal.



    Una clase del profe "Pil"

    Los Violadores. Foto: Sergio Cejas / La Voz
    Es evidente que Pil, cantante de Los Violadores, no va al mismo profesor de canto que Ciro Pertusi. Lejos de estar presentable para afrontar su show en el temático (que fue punk, obvio), el hombre enrolado como Enrique Chalar hace más de 40 años salió con la garganta hecha pedazos y nada lookeado. No es que deje su leyenda librada a su suerte, sólo que entiende por punk lo mismo que The Clash; esto es, un movimiento para ser usado como herramienta política, por sobre todas las cosas. Ok, es música ruidosa para gente revoltosa, como plantea el tema Violadores de la ley, pero también un vehículo para entender al mundo. Sobre eso dio cuenta en el tramo inicial de concierto de anoche, cuando la lista de temas pasó por los virulentos Guerra total y Sin ataduras, con letras que explican eso de que el mundo está partido en dos bloques bien distintos: “Los pequeños burgueses sirviendo al capitalismo y los idiotas útiles al comunismo”. La clase de geopolítica continuó con el western Más allá del bien, más allá del mal, un cuento que termina con “una bota pateando un tablero de ajedrez”. Un gesto pedagógico necesario ante un público muy domesticado para tomar cerveza y ser paladín de la anarquía sin pensar demasiado de qué va todo. Si bien la referencia ideológica fue The Clash, la estética fue Sex Pistols, de quien se acercó un cover de Hollidays In The Sun y se plagió la expresión “Dios salve a la reina... Cristina”.

    Antes, por el mismo tablado salieron airosos los cordobeses Maltrato (carismáticos, con buena actitud) y los ya fogueados Herederos (clamaron, como Las Pelotas, por la aparición con vida de Julio López). El orgullo local, a salvo.

    También había desfilado una versión de Flema, que resucitó un clásico que Ricky Espinosa legó para el fundamental compilado Invasión ’88 y que dice: “En la esquina voy a vomitar, al que pase voy a salpicar”. Caretofobia a full.

    El show de ‘2, a la medianoche, también alcanzó a cerrar antes del vendaval.



    Neutralizados y poco poblados
    (por Juliana Rodríguez)

    Si el viernes el Nitro fue de lo más interesante, anoche fue el más previsible. A las 18.20, Viabba se despedía, con poquita gente, en una tarde a pleno sol que había secado el barro de la jornada anterior. Un minipogo, formado por fans importados de Buenos Aires, los despidió, para dar paso a Fulgura, que también se trajo barra propia, banderas, calcos, papelitos y demás souvenirs panfletarios, claves para una banda que, como otras, tiene en el aguante rollinga su mayor apuesta. Y casi única. Dieron material con el que Pomelo haría dulce, le cantaron a la calle, los vicios y la birra, cosa que Juanse viene haciendo (pero con mucho más estilo) hace años.

    En riguroso orden y puntualidad, siguió Ravioles. Más rockanrol de consignas, aunque con un sonido más maduro y prolijo. Mientras Pier por un lado, y Flema por otro en los demás escenarios se quedaban con la mayoría del público, unos pocos se nuclearon en el Nitro. Si uno venía de lejos, parecía que Manu Moretti entonaba un tema, pero no era Estelares, sino 4 al Hilo, el único crédito local, que enseguida negó el parecido con un rock de guitarras convencional. El hit, una versión de Luna, de la Mona Jiménez.

    Pampa Yacuza juntó un poco más de curiosos, pero los aires latinos, mestizos, el reggae y el ska no bastaron para aumentar la convocatoria. Con las primeras gotas y el viento frío llegó Vetamadre, con un clima de tormenta óptimo para su propuesta. Pero la lluvia los hizo arrebatar su show, que terminó antes. Abajo, quedaban unos pocos fieles a Rescate, que cantaban los temas a capella, a la espera de la banda. Hasta las 22, el bautismo de los chicos cristianos en el recital profano cordobés estaba en serias dudas por la garúa que, otra vez, aguó los planes de ese escenario. Si paraba de llover, iban a presentarse.

    Cosquín Rock, día 3: Cierre estelar

    Después de dos jornadas de lluvia, Los Piojos ofrecieron anoche un show multi sensorial bajo un cielo totalmente estrellado. Unas 22 mil personas en la última cita del festival.

    Pasó la lluvia y quedó el barro. Todos los cambios previsibles después del vendaval del sábado no influyeron en la convocatoria de la tercera y última jornada de un festival que ya puede obtener el carácter de épico.

    Los sectores más castigados del campo fueron cubiertos con alfombras gigantes, y ahí estaban todos esos héroes anónimos, tirados en el suelo como si nada hubiera sucedido, con sus zapatos embarrados, con su cerveza en la mano, saltando, bailando y cantando con sus bandas favoritas.

    A las 22.30 Los Piojos por fin tomaron la posta que les dejó León Gieco y le dieron el cierre esperado a un festival que los confirmó a último momento y que, con ellos, logró cerrar una grilla aceptable. Andrés Ciro y los suyos mostraron la escenografía con la que están presentando su último disco, Civilización. Consiste en una producción a base de pantallas gigantes de leds que proponen un show multi sensorial, con imágenes que juegan con los protagonistas y generan situaciones de video clips en directo.

    León Gieco
    León Gieco. Foto: Sergio Cejas / La Voz
    Abajo los miembros originales y arriba de una tarima los nuevos, todos para que el público viva con felicidad un show con todas las letras, que comenzó con una larga intro y con Desde lejos no se ve en la apertura.

    Con antiparras (Martínez) y máscaras anti gas, el grupo consolidó el concepto ecologista que viene pregonando con su reciente trabajo discográfico. Pero lo suyo es la música y Te diría, el tema que siguió, fue una de sus mejores cartas para respaldarse.

    Final de película. Las estrellas en el cielo presagiaban una noche final excelente, y el grupo siguió con Pistolas, Civilización, Labios de seda, Maradó y Tan solo. Para entonces, ya se confirmaba que Los Piojos dejaron de ser una banda de covers de sí mismos. Civilización los devolvió a su mejor forma y Cosquín Rock lo confirmó en su regreso.

    Luego de su show, se esperaba la proyección de Luca, la película de Rodrigo Espina sobre Luca Prodan.

    Todo había empezado a las 17, a puro ska con Agrupación Skabeche y con los chilenos de Chancho en Piedra, quienes sumaron un poco de color latino al asunto. Con Los Pericos vino el karaoke dominical: Sin cadenas, Complicado y aturdido, Nada que perder. Lograron que los cuerpos empezaran a entrar en calor en una tarde algo fresca.

    Los Pericos largaron después con una versión de Smell like teen spirit de Nirvana, brindando soberbias versiones de Jamaica reggae y Casi nunca lo ves. Una banda reggae con bases poderosas, muchos hits, y un nuevo frontman que va tomando confianza en eso de manejar al público.

    Kapanga
    Kapanga. Foto: Sergio Cejas / La Voz
    Después llegó Kapanga, con “el mono” Fabio a la cabeza, un especialista para domar fieras. Mecharon temas de Crece, su último disco, con las canciones de siempre (Ramón, Fumar, El mono relojero). El grupo puso a delirar a un campo que al caer la tarde ya trepaba la loma.

    Entre un mini compilado de canciones del “maestro cordobés” (así lo denominó Fabio), Kapanga se dio tiempo para bromear con una canción de Patito feo, otra de Beto Quantró (un personaje de Diego Capusotto) y para manifestarse orgullosos de ser parte de los 34 millones de personas que no vieron a Soda Stereo.

    Más tarde, y antes de León Gieco, la producción le hizo un espacio en el escenario “Panchito” (el pibe discapacitado que siempre aporta armónicas en los conciertos de Los Piojos, Las Pelotas y el mismo León). En su silla de ruedas actuó con su banda y en una de las tres canciones folk que ofreció, Germán Daffunchió subió a cantar con él.

    Hablando de folk, Gieco dejó sus versiones de Hombres de hierro, La mamá de Jimmy, Todos los caballos blancos, El ídolo de los quemados, Pensar en nada, entre otros clásicos de ayer y de hoy. Hizo un resumen de sus casi 40 años de carrera apoyado por una pantalla que proyectó imágenes relacionadas a la historia argentina, en una suerte de show multimedia. Después, se venía el cierre piojoso.



    Hard rock, blues y militancia reggae en el final
    (Juliana Rodríguez)

    Fidel Nadal
    Fidel Nadal. Foto: Sergio Cejas / La Voz
    O subirte a la moto, o bajar dos cambios y relajarte. Ésas eran las opciones que anoche ofrecían los escenarios alternativos del Cosquín Rock. Hard rock y blues en el Nitro, y reggae en el escenario temático, las dos ofertas reunieron ayer a más gente de la que habían convocado en las dos jornadas anteriores.

    A las 22, Viticus y los suyos repasaban algunos clásicos y temas más nuevos de Súper, el último disco de la banda. Una buena concurrencia alentaba la muestra de madurez y virtuosismo del ex Riff, que cerraba un escenario que esta vez no sufrió las inclemencias del clima y en que sólo faltó Lovorne, quien al final se pegó un faltazo aparentemente porque Luciano Napolitano tenía algunas complicaciones personales.

    Mientras Vitico engranaba su guitarra, los vecinos de Resistencia Suburbana largaban, ante una verdadera multitud y con algunas demoras, con el tema Por cultivar marihuana. Si eso no es militancia reggae, ¿qué podría serlo?

    Pero todo había empezado más temprano, en el Nitro, con El As en la Manga, áspero rock (ídem onda, claro) para los amantes tempraneros del hard rock. Lucila Cueva tomó la posta y le puso energía al escenario. El power trío encendió sus motores con temas como Naufragio, otros de su último disco y hasta un cover de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Todo un palo de estrógenos: las chicas agitaron, dieron un recital dialogado, pisaron fuerte y hasta firmaron autógrafos.

    La concurrencia que, en simultáneo, lograron ellas más La Coca Fernández en el temático, confirmó que, funk potente o ska divertido, hay público para los que juegan de local y el examen se aprobó hace rato.

    Bien tranqui. Con un clima un poco histérico (que llueve, que no, que se van las nubes, que se quedan), La 66 continúo por la senda cordobesa y le puso cuerpo al recuerdo de Largo Juárez, el plomo que murió en 2007 en un accidente automovilístico, pero que late en cada festival.

    Mientras, los uruguayos de Mutante hacían un par de temas en el escenario reggae que les quedaban pendientes, y los chilenos de Blackout ponían un poco de sangre joven a unos metros.

    Fidel Nadal llegó un poco más tarde, tan emocionado como lo indica el nombre de su último disco. El ex Todos Tus Muertos parece que está feliz y quiere comunicarlo a su gente. Aún así, la respuesta del público, como el clima, fue más bien templada. Fidel hasta hizo un tema beatle (With love from me to you), pero el sonido estaba demasiado bajo para hacer mover los dreadlocks. Una lástima.

    La muchedumbre que se reunió de golpe en el Nitro dio la señal: otro barbudo esperado llegaba. Botafogo arrancó con Blues de radio y explicó sin palabras de qué se trata ser un señor bluesman. Como correspondía, hubo un recuerdo del Carpo, con anécdota incluida, con Radiador. Una postal, quizá la más asombrosa de ayer: cuando entonaba "salir el sol", por unos segundos el sol vespertino que hasta entonces brillaba por su ausencia realmente iluminó el escenario. Y en seguida, un arcoiris asomó por detrás. Lo que se dice un regalo del cielo.

    En el escenario reggae, Dancing Mood pulía sus bronces. El grupo comandado por Hugo Lobos confirmó la asistencia masiva de este lado del campo, y que el reggae no es sólo filosofía y mensaje. Groove, esa intraducible palabra, explica qué pusieron con su danzable fiesta instrumental, en un festival en el que se ganaron el lugar de fijos.

    Tras ellos arrancaba Resistencia y las más de seis mil personas que formaron parte de la extendida comunidad reggae esperaban, con algún retraso, que Nonpalidece hiciera correr su voz.

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    viernes13 (Registrado)

    no sesos locos dias an de haber estado de poca mauser la neta
    lastima q no se pudo ir ya q ni sabia jjajja
    pero sera pa la proxima eso si

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